A lo largo de mi camino acompañando procesos de sanación, me he encontrado con una constante que me hizo cuestionar profundamente cómo entendemos la terapia: personas con una capacidad de análisis asombrosa, que pueden explicar con precisión el origen de sus heridas, pero que siguen habitando un cuerpo que se siente “ajeno” o “dormido”.
Ahí es donde comprendí que la mente puede procesar la información, pero el cuerpo es el que guarda la evidencia.
En mi práctica, integré un enfoque que cambió mi manera de entender el bienestar: la Psicoenergética, una metodología que profundizó el maestro Roberto Navarro, y que se entrelaza con la Bioenergética de Alexander Lowen. Esta visión nos enseña que la salud no es solo la ausencia de síntomas, sino la capacidad del cuerpo para vibrar, sentir placer y expresarse con libertad. Cuando la vida nos exige silenciarnos, esa vibración natural se apaga y se convierte en rigidez.
La armadura que nos pusimos para sobrevivir
Imagina que, durante tu infancia, aprendiste que la vulnerabilidad te exponía demasiado. Para no sentir eso que dolía, tensaste los hombros, apretaste la mandíbula o bloqueaste tu respiración.
Con los años, esas tensiones dejaron de ser una respuesta momentánea para convertirse en una coraza. Es una armadura invisible que alguna vez te protegió, pero que hoy, ya de adulto, se ha vuelto tan rígida que no solo te aísla del sufrimiento, sino que también te desconecta de tu vitalidad. Un cuerpo acorazado es un cuerpo que ha perdido su “voz” y su capacidad de vibrar ante la vida.
El mapa de tus silencios: Las 7 estaciones del ser
Esta armadura se organiza en siete “segmentos” o estaciones. Cada una cuenta una parte distinta de tu biografía y limita tu autoexpresión de una manera específica:
• Tus ojos y tu mirada: son el primer contacto con el mundo. Aquí se refleja el miedo a ver la realidad o la necesidad de controlarlo todo para sentir seguridad.
• Tu boca y mandíbula: el refugio de las palabras no dichas y los deseos contenidos. Una mandíbula rígida es un bloqueo a la capacidad de “morder” la vida y tomar lo que necesitamos.
• Tu cuello: El puente donde “tragamos” lo que sentimos para que no llegue a la cabeza, separando el pensar del sentir.
• Tu pecho: el centro del afecto. Aquí construimos murallas para que el corazón no sea lastimado, pero al hacerlo, también limitamos nuestra capacidad de amar.
• Tu diafragma: el gran interruptor. Cortamos la respiración para no sentir angustia, pero al hacerlo, apagamos nuestro fuego interno.
• Tu abdomen: Donde se alojan la seguridad básica y los miedos más primarios que no hemos podido digerir.
• Tu pelvis: La raíz de tu potencia, de tu entrega y de tu capacidad de sentir placer sin culpa.
Cuando en terapia permitimos que el cuerpo recupere su movimiento, sucede algo asombroso: la energía que estaba “congelada” vuelve a fluir. La sanación deja de ser un concepto intelectual para convertirse en una vibración física de alivio y presencia.
Un momento para ti: ¿Cómo empezar a recuperar tu voz corporal?
Recuperar la conexión con tu cuerpo no es un ejercicio de fuerza, sino de rendición. Te invito a realizar esta pequeña pausa de consciencia inspirada en el trabajo con la energía vital:
1. El registro de la vibración
Ponte de pie con los pies paralelos y las rodillas ligeramente flexionadas (nunca bloqueadas). Cierra los ojos. Nota si hay algún leve temblor en tus piernas. No lo detengas. Ese temblor es el signo más claro de que tu cuerpo está vivo y tratando de soltar la carga acumulada. Permítete “vibrar” un momento; es tu energía volviendo a casa.
2. La mirada que suaviza
Tómate un segundo para notar cómo miras el mundo. ¿Tus ojos están tensos, “empujando” hacia afuera? Imagina que tus ojos se relajan hacia atrás, hacia el interior de tu cabeza. Deja que la luz entre en lugar de salir a buscarla. Al suavizar la mirada, el cuello y el diafragma tienden a soltarse automáticamente.
3. El suspiro de la entrega
Pon las manos en el pecho. Inhala profundamente y, al soltar el aire, deja que salga un sonido gutural, un suspiro largo: “Ahhhhh”. No lo fuerces, solo deja que el aire arrastre la tensión de tu garganta. Como decía Lowen, la voz es la expresión del self; al sonar, te estás permitiendo existir.
Una invitación final
Tu cuerpo no es un objeto que deba ser “arreglado”. Es un organismo vivo que por naturaleza, bsuca la expansión y el placer. Sanar no es solo entender por qué sufriste; es permitir que tu cuerpo vuelva a ser ese escenario vibrante donde la vida sucede con plenitud.
¿Sientes que habitas tu cuerpo o que solo lo cargas? En mis sesiones de Psicoterapia Transpersonal Integrativa, trabajamos para que tu mente y tu cuerpo vuelvan a hablar el mismo idioma. Si estás lista para soltar la armadura y recuperar tu derecho a sentir plenamente, estoy aquí para acompañarte.