Tu cuerpo cuenta la historia que tu mente intenta olvidar.

A lo largo de mi camino acompañando procesos de psicoterapia, me he encontrado con una constante: personas brillantes que entienden sus heridas intelectualmente. Sin embargo, siguen sintiendo el dolor en su cuerpo. De hecho, esto sucede debido a que existe una memoria corporal que se resiste a la lógica; en otras palabras, tu cuerpo lleva la cuenta de lo que tu mente intenta olvidar.
Por esta razón, comprendí que aunque la mente puede procesar la información, el cuerpo es el que finalmente, guarda la evidencia.
Por ello, en mi práctica, integré un enfoque que transformó mi manera de comprender el bienestar: una metodología psicoenergética que se vincula con la bioenergética. Asimismo, esta perspectiva enseña que la salud no es únicamente la ausencia de síntomas, sino también la capacidad del cuerpo para vibrar, experimentar placer y expresarse con libertad. No obstante, cuando las circunstancias de la vida nos llevan a silenciarnos, esa vibración natural se apaga y se transforma en rigidez.
La armadura de la personalidad: Un mapa de tu memoria corporal
Imagina que, durante tu infancia, aprendiste que la vulnerabilidad te exponía demasiado. Por consiguiente, para no sentir eso que dolía, tensaste los hombros, apretaste la mandíbula o bloqueaste tu respiración.
Posteriormente, con los años, esas tensiones dejaron de ser una respuesta momentánea para convertirse en memoria corporal rígida. Es decir, se volvieron una coraza invisible que alguna vez te protegió, pero que hoy te desconecta de tu vitalidad. En realidad, un cuerpo acorazado es un cuerpo que ha perdido su ‘voz’ y su capacidad de vibrar ante la vida.
El mapa de tu memoria corporal: Las 7 estaciones del ser
Para soportar las presiones del mundo exterior y bloquear emociones que en la infancia resultaban abrumadoras o inaceptables, los seres humanos aprendimos a tensar nuestros músculos. Esta tensión crónica se convierte en una “armadura” que anestesia nuestros impulsos para protegernos. Sin embargo, el precio que pagamos es altísimo: al intentar protegernos del dolor, nos aislamos de la vida misma.
La energía vital, al no poder salir, implosiona y se vuelca contra nosotros mismos, acumulándose en el interior en forma de culpa, resentimiento, depresión o dolores físicos crónicos.
Esta coraza organiza tu memoria corporal en siete anillos o “segmentos” transversales Cada uno atrapa una parte distinta de tu historia de vida y limita tu vitalidad de una manera específica.

El segmento ocular, ojos y frente.
Más que nuestra ventana al mundo, es donde quedan atrapadas expresiones congeladas de terror, rabia y llanto no derramado. Una frente siempre arrugada o una mirada fija cuentan la historia de una preocupación crónica y el miedo a ver la realidad.

El segmento oral, boca y mandíbula.
El refugio de los impulsos frenados. Una mandíbula rígida guarda los gritos contenidos, las palabras no dichas y la necesidad bloqueada de “morder” la vida, de tomar lo que necesitamos y nutrirnos afectivamente.

El segmento cervical, cuello y hombros.
El puente donde sofocamos los sollozos y ahogamos el enojo. La tensión aquí carga literalmente el peso de nuestras exigencias, separando el pensar del sentir y limitando lo que somos capaces de “tragar” o rechazar.

El segmento del tórax, pecho.
El centro del afecto y la respiración. Disminuimos nuestra capacidad respiratoria para no sentir angustia, construyendo murallas para que el corazón no sea lastimado. Pero al limitar la entrada de aire, apagamos nuestra vitalidad general.

El segmento diafragmático.
El gran interruptor. Cuando este músculo se contrae crónicamente, bloquea el paso de la energía hacia abajo. Nos desconectamos de la mitad inferior de nuestro cuerpo, perdiendo conciencia de nuestras sensaciones e instintos más profundos.

El segmento abdominal.
El centro de asimilación. Aquí se procesan no solo los alimentos, sino también las emociones elementales. Un abdomen contraído refleja miedos primarios, inseguridad básica y la incapacidad de “digerir” las experiencias difíciles.

El segmento pélvico
La raíz de tu vitalidad. Las tensiones en el área de la pelvis bloquean tu potencia, tu entrega y tu capacidad de experimentar el placer, la sexualidad y la conexión sin culpa.
Explorar este mapa corporal no tiene el propósito de encasillarte en una personalidad neurótica ni de ponerte etiquetas clínicas aterradoras que no ofrecen soluciones. Desde una mirada integral y enfocada en la totalidad del ser humano, entendemos que eres único y no te reduces a un diagnóstico.
Cuando accedemos a esta memoria corporal y permitimos que el cuerpo recupere su movimiento, sucede algo asombroso: la energía que estaba implosionando vuelve a fluir hacia el mundo. La sanación deja de ser un concepto intelectual para convertirse en una recuperación real de tu derecho a sentir, vibrar y habitar tu propia piel.
Un momento para ti: ¿Cómo empezar a recuperar tu voz corporal?
Recuperar la conexión con tu cuerpo no es un ejercicio de fuerza, sino de rendición. Te invito a realizar esta pequeña pausa de consciencia inspirada en el trabajo con la energía vital:

El registro de la vibración
Ponte de pie con los pies paralelos y las rodillas ligeramente flexionadas (nunca bloqueadas). Cierra los ojos. Nota si hay algún leve temblor en tus piernas. No lo detengas. Ese temblor es el signo más claro de que tu cuerpo está vivo y tratando de soltar la carga acumulada. Permítete “vibrar” un momento; es tu energía volviendo a casa.

La mirada que suaviza.
Tómate un segundo para notar cómo miras el mundo. ¿Tus ojos están tensos, “empujando” hacia afuera? Imagina que tus ojos se relajan hacia atrás, hacia el interior de tu cabeza. Deja que la luz entre en lugar de salir a buscarla. Al suavizar la mirada, el cuello y el diafragma tienden a soltarse automáticamente.

El suspiro de la entrega
Pon las manos en el pecho. Inhala profundamente y, al soltar el aire, deja que salga un sonido gutural, un suspiro largo: “Ahhhhh”. No lo fuerces, solo deja que el aire arrastre la tensión de tu garganta. Como decía Lowen, la voz es la expresión del self; al sonar, te estás permitiendo existir.